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domingo, 31 de mayo de 2009

CATEQUESIS DE PENTECOSTÉS




1. En la última cena Jesús dijo a los Apóstoles: «Os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). La tarde del día de Pascua, Jesús cumplió su promesa: se apareció a los Once, reunidos en el cenáculo, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22). Cincuenta días después, en Pentecostés, tuvo lugar «la manifestación definitiva de lo que se había realizado en el cenáculo el domingo de Pascua» (Dominum et vivificantem, 25). El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha conservado la descripción del acontecimiento (cf. Hch 2,14).

Reflexionando sobre ese texto, podemos descubrir algunos rasgos de la misteriosa identidad del Espíritu Santo.



2. Es importante, ante todo, tener presente la relación que existe entre la fiesta judía de Pentecostés y el primer Pentecostés cristiano.

Al inicio, Pentecostés era la fiesta de las siete semanas (cf. Tb 2, 1), la fiesta de la siega (cf. Ex 23, 16), cuando se ofrecía a Dios las primicias del trigo (cf. Nm 28, 26; Dt 16, 9). Sucesivamente, la fiesta cobró un significado nuevo: se convirtió en la fiesta de la alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, cuando dio a Israel su ley.

San Lucas narra el acontecimiento de Pentecostés como una teofanía, una manifestación de Dios análoga a la del monte Sinaí (cf. Ex 19, 16-25): fuerte ruido, viento impetuoso y lenguas de fuego. El mensaje es claro: Pentecostés es el nuevo Sinaí, el Espíritu Santo es la nueva alianza, el don de la nueva ley. Con agudeza descubre ese vínculo san Agustín: «¡Gran misterio, hermanos, y digno de admiración! Si os dais cuenta, en el día de Pentecostés (los judíos) recibieron la ley escrita con el dedo de Dios y en el día de Pentecostés vino el Espíritu Santo» (Ser. Mai, 158, 4). Y un Padre de Oriente, Severiano de Gabala, afirma: «Era conveniente que en el mismo día en que fue dada la ley antigua, se diera también la gracia del Espíritu Santo» (Cat. in Act. Apost., 2, 1).

3. Así se cumplió la promesa hecha a los padres. En el profeta Jeremías leemos: «Ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré» (Jr 31, 33). Y en el profeta Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo; infundiré en vosotros un espíritu nuevo quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que viváis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis leyes» (Ez 36, 26-27).

¿De qué modo el Espíritu Santo constituye la alianza nueva y eterna? Borrando el pecado y derramando en el corazón del hombre el amor de Dios: «La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 2). La ley mosaica señalaba deberes, pero no podía cambiar el corazón del hombre. Hacía falta un corazón nuevo, y eso es precisamente lo que Dios nos ofrece en virtud de la redención llevada a cabo por Jesús. El Padre nos quita nuestro corazón de piedra y nos a un corazón de carne, como el de Cristo, animado por el Espíritu Santo, que nos impulsa a actuar por amor (cf. Rm 5, 5). Sobre la base de este don se instituye la nueva alianza entre Dios y la humanidad. Santo Tomás afirma, con agudeza, que el Espíritu Santo mismo es la Nueva Alianza, actuando en nosotros el amor, plenitud de la ley (cf. Comment. in 2 Co 3, 6).

4. En Pentecostés viene el Espíritu Santo y nace la Iglesia. La Iglesia es la comunidad de los que han «nacido de lo alto», «de agua y Espíritu", como dice el evangelio de san Juan (cf. Jn 3, 3. 5). La comunidad cristiana no es, ante todo, el resultado de la libre decisión de los creyentes; en su origen está primariamente la iniciativa gratuita del amor de Dios, que otorga el don del Espíritu Santo. La adhesión de la fe a este don de amor es «respuesta» a la gracia, y la misma adhesión es suscitada por la gracia. Así pues, entre el Espíritu Santo y la Iglesia existe un vínculo profundo e insoluble. A este respecto, dice san Ireneo: «Donde está la Iglesia, ahí está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu del Señor, ahí está la Iglesia y toda gracia» (Adv. haer., III, 24, 1). Se comprende, entonces, la atrevida expresión de san Agustín: «Poseemos el Espíritu Santo, si amamos a la Iglesia» (In Io., 32, 8).

El relato del acontecimiento de Pentecostés subraya que la Iglesia nace universal: éste es el sentido de la lista de los pueblos —partos, medos, elamitas... (cf. Hch 2, 9-11)— que escuchan el primer anuncio hecho por Pedro. El Espíritu Santo es donado a todos los hombres, de cualquier raza y nación, y realiza en ellos la nueva unidad del Cuerpo místico de Cristo. San Juan Crisóstomo pone de relieve la comunión llevada a cabo por el Espíritu Santo, con este ejemplo concreto: «Quien vive en Roma sabe que los habitantes de la India son sus miembros» (In Io., 65, 1: PG 59, 361).

5. Del hecho de que el Espíritu Santo es «la nueva alianza» deriva que la obra de la tercera Persona de la santísima Trinidad consiste en hacer presente al Señor resucitado y con él a Dios Padre. En efecto, el Espíritu realiza su acción salvífica haciendo inmediata la presencia de Dios. En esto consiste la alianza nueva y eterna: Dios ya se ha puesto al alcance de cada uno de nosotros. En cierto sentido, cada uno, «del más chico al más grande» (Jr 31, 34), goza del conocimiento directo del Señor, como leemos en la primera carta de san Juan: «en cuanto a vosotros, la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe. Pero como su unción os enseña acerca de todas las cosas —y es verdadera y no mentirosa— según os enseñó, permaneced en él» (1 Jn 2, 27). Así se cumple la promesa que hizo Jesús a sus discípulos durante la última cena: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

Gracias al Espíritu Santo, nuestro encuentro con el Señor se lleva a cabo en el entramado ordinario de la existencia filial en el «cara a cara» de la amistad, experimentando a Dios como Padre, Hermano, Amigo y Esposo. Éste es Pentecostés. Esta es la nueva alianza.

Juan Pablo II, Catequesis del 17 de Junio de 1998.

martes, 5 de mayo de 2009

Evangelio de Hoy 5/5/2009

Evangelio según San Juan 10,22-30.
Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: "¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente". Jesús les respondió: "Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa".

Comentario del Evangelio por :

León XIII, papa de 1878 a 1903Encíclica Divinum Illud Munus del 9 de mayo 1897

«Yo y el Padre somos uno»

El misterio de la Santísima Trinidad es llamado, por los doctores de la Iglesia, la sustancia del Nuevo Testamento, es decir, el más grande de todos los misterios, la fuente y fundamento de todos los demás. Es para conocerla y contemplarla que han sido creados los ángeles en el cielo y los hombres en la tierra... Para manifestar con más claridad este misterio, Dios mismo descendió de la región de los ángeles a la de los hombres...

El apóstol Pablo anuncia la Trinidad de las personas y la unidad de su naturaleza cuando escribe: «Todo lo que existe es de Él, pasa por Él y existe en ÉL ¡A Él la gloria por los siglos!» (Rm 11,36... San Agustín al comentar este pasaje, escribe: «Estas palabras no se deben entender que son dichas al azar. 'De Él', designan el Padre, 'por Él' al Hijo, 'en Él', al Espíritu Santo». Por eso la Iglesia tiene la costumbre de atribuir al Padre las obras de la Divinidad en las que resplandece el poder, al Hijo en las que resplandece la sabiduría, al Espíritu Santo en las que resplandece el amor. No que todas las perfecciones y las obras exteriores no sean comunes a las tres personas divinas: «las obras de la Trinidad son indivisibles, tal como es indivisible la esencia de la Trinidad...» (San Agustín).

Pero, a través de una cierta comparación, una cierta afinidad entre estas obras y las propiedades de las Personas, las obras se atribuyen o «apropian», como se dice, más a una de las personas que a las otras dos... De esta manera, el Padre, que es «el principio de toda la divinidad» (San Agustín) es también la causa eficiente de todas las cosas, de la encarnación del Verbo, y de la santificación de las almas: «Todo lo que existe es de Él». Pero el Hijo, la Palabra de Dios y la imagen de Dios, es también la causa modelo, el arquetipo; todo lo que ha sido creado recibe de Él su forma y su belleza, el orden y la armonía. Él es para nosotros «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), el reconciliador del hombre con Dios: «todo pasa por Él». El Espíritu Santo es la causa última de toda cosa..., la bondad divina, el amor mutuo del Padre y del Hijo; con su fuerza poderosa pero suave, completa la obra escondida de la salvación eterna del hombre y la lleva a su perfección: «todo existe en Él».

miércoles, 18 de marzo de 2009

Pablo, modelo de conversión evangélica



Por: Raniero Cantalamessa



"Lo que podría ser una ganancia, lo he considerado una perdida con motivo de Cristo"





El Año Paulino es una gracia grande para la Iglesia, pero representa también un peligro: el de quedarse en Pablo, en su personalidad, su doctrina, sin dar el paso sucesivo de él a Cristo. El Santo Padre ha puesto en guardia contra este riesgo en la misma homilía con la que ha abierto el año Paulino, y lo reafirmaba en la audiencia general del 2 de julio: "Y éste es el fin del año Paulino: aprender de san Pablo, aprender la fe, aprender a Cristo".

Ha sucedido muchas veces en el pasado, hasta dar lugar a la tesis absurda según la cual Pablo, no Cristo, sería el verdadero fundador del cristianismo. Jesucristo habría sido para Pablo lo que Sócrates para Platón: un pretexto, un nombre, bajo el cual poner el propio pensamiento.

El apóstol, como antes de él Juan el Bautista, señala hacia uno "más grande que él", del que no se considera digno siquiera de ser apóstol. Esa tesis es la tergiversación más completa y la ofensa más grave que se pueda hacer al apóstol Pablo. Si volviera a la vida, reaccionaría contra esta tesis con la misma vehemencia con la que reaccionó frente a un malentendido análogo de los corintios: "¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?" (1 Cor 1,13).

Otro obstáculo que debemos superar nosotros los creyentes, es el de quedarnos en la doctrina de Pablo sobre Cristo, sin dejarnos contagiar de su amor y de su fuego por él. Pablo no quiere ser para nosotros sólo un sol de invierno que ilumina pero no calienta. El propósito en cambio de sus cartas es el de llevar a los lectores no sólo al conocimiento, sino también al amor y a la pasión por Cristo.

A este segundo objetivo quisieran contribuir las tres meditaciones del Adviento de este año, a partir de ésta de hoy en la que reflexionaremos sobre la conversión de san Pablo, el acontecimiento que, tras la muerte y resurrección de Cristo, mayormente ha influido en el futuro del cristianismo.

1. La conversión de Pablo vista por dentro

La mejor explicación de la conversión de san Pablo es la que da él mismo cuando habla del bautismo cristiano como ser "bautizados en la muerte de Cristo", "sepultados junto con él" para resucitar con él y "caminar en una vida nueva" (cf. Romanos 6, 3-4). Él ha vivido en sí mismo el misterio pascual de Cristo, en torno al cual gravitará a continuación todo su pensamiento. Hay también analogías externas impresionantes. Jesús permaneció tres días en el sepulcro; durante tres días, Saulo vivió como un muerto: no podía ver, estar de pie, comer, después en el momento del bautismo sus ojos volvieron a abrirse, pudo comer y retomó las fuerzas, volvió a la vida (cf. Hechos 9,18).

Inmediatamente después de su bautismo, Jesús se retiró al desierto y también Pablo, después de ser bautizado por Ananías, se retiró al desierto de Arabia, es decir, al desierto alrededor de Damasco. Los exegetas calculan que entre el acontecimiento en el camino de Damasco y el inicio de su actividad pública en la Iglesia hay una decena de años de silencio en la vida de Pablo. Los judíos lo buscaban para matarlo, los cristianos no se fiaban aún y le tenían miedo. Su conversión recuerda a la del cardenal Newman, a quien sus antiguos hermanos en la fe anglicanos consideraban un tránsfuga, y a quien los católicos miraban con sospecha por sus ideas nuevas y audaces.

El apóstol hizo un noviciado largo; su conversión no duró unos pocos minutos. Y en su kenosis, en este tiempo de vaciamiento y de silencio, es donde acumuló esa energía rompedora y esa luz que un día derramará sobre el mundo.

De la conversión de Pablo tenemos dos descripciones distintas: una que describe el acontecimiento, por así decirlo, desde fuera, en clave histórica, y otra que describe el acontecimiento desde dentro, en clave psicológica o autobiográfica. El primer tipo es el que encontramos en las diversas narraciones que se leen en los Hechos de los Apóstoles. A él pertenecen también algunos esbozos que el propio Pablo hace del acontecimiento, explicando cómo de perseguidor se transformó en apóstol de Cristo (cf. Gal 1, 13-24).

Al segundo tipo pertenece el capítulo 3 de la Carta a los Filipenses, donde el Apóstol describe lo que ha significado para él, subjetivamente, el encuentro con Cristo, lo que era antes y lo que ha llegado a ser a continuación; en otras palabras, en qué ha consistido, esencial y religiosamente, el cambio realizado en su vida. Nosotros nos concentramos en este texto que, por analogía con la obra de san Agustín, podríamos definir "las confesiones de san Pablo".

En todo cambio hay un terminus a quo y un terminus ad quem, un punto de partida y un punto de llegada. El apóstol describe ante todo el punto de partida, lo que era antes:

"Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo. Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia del la Ley, intachable" (Filipenses 3, 4-6).

Uno puede equivocarse fácilmente al leer esta descripción: éstos no eran títulos negativos, sino los máximos títulos de santidad de aquel tiempo. Con ellos se habría podido abrir en seguida el proceso de canonización de Pablo, su hubiera existido en aquella época. Es como decir hoy de uno: bautizado el octavo día, perteneciente a la estructura por excelencia de la salvación, la Iglesia católica, miembro de la orden religiosa más austera de la Iglesia (¡esto eran los fariseos!), observantísimo de la Regla....

En cambio, en el texto hay un punto y aparte que divide en dos la página y la vida de Pablo. Comienza con un "pero" adversativo que crea un contraste total:

"Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo" (Filipenses 3, 7-8).

Tres veces repite el nombre de Cristo en este breve texto. El encuentro con él ha dividido su vida en dos, ha creado un antes y un después. Un encuentro personalísimo (es el único texto donde el apóstol usa el singular "mio", no "nuestro" Señor) y un encuentro existencial más que mental. Nadie podrá nunca conocer a fondo qué sucedió en aquel breve diálogo: "¡Saulo, Saulo!" "¿Quién eres, Señor?" "Yo soy Jesús". Una "revelación", la define él (Gálatas 1, 15-16). Fue una especie de fusión a fuego, un relámpago de luz que aún hoy, habiendo pasado dos mil años, ilumina al mundo.

2. Un cambio de mente

Intentemos analizar el contenido del acontecimiento. Fue sobre todo un cambio de mente, de pensamiento, literalmente una metanoia. Pablo había creído hasta entonces poderse salvar y ser justo ante Dios mediante la observancia escrupulosa de la ley y de las tradiciones de sus padres. Ahora entiende que la salvación se obtiene de otro modo. Quiero ser hallado, dice, "no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe" (Fl 3, 8-9). Jesús le hizo experimentar en sí mismo lo que un día proclamaría a toda la Iglesia: la justificación por gracia mediante la fe (cf. Gal 2,15-16; Rom 3, 21 ss.).

Leyendo el capítulo tercero de la Carta a los Filipenses, me viene a la mente una imagen: un hombre camina de noche en un bosque cerrado a la pequeña luz de una vela, poniendo atención a que no se apague; caminando, llega el alba, surge el sol, la pequeña luz de la vela palidece, hasta que no le sirve más y la tira. La lucecita vacilante era su propia justicia. Un día, en la vida de Pablo, salió el sol de la justicia, Cristo el Señor, y desde aquel momento no ha querido otra luz que la suya.

No se trata de un punto más, sino del corazón del mensaje cristiano; él lo definirá como "su evangelio", hasta el punto de declarar anatema a quien se atreviera a predicar un evangelio distinto, aunque fuese un ángel o él mismo (cf. Gal 1, 8-9). ¿Por qué tanta insistencia? Porque en ello consiste la novedad cristiana, lo que la distingue te cualquier otra religión o filosofía religiosa. Toda propuesta religiosa comienza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer para salvarse o para obtener la "Iluminación". El cristianismo no empieza diciendo a los hombres lo que tienen que hacer, sino lo que Dios ha hecho por ellos en Cristo Jesús. El cristianismo es la religión de la la gracia.

Hay lugar -y cuánto- para los deberes y para la observancia de los mandamientos, pero después, como respuesta a la gracia, no como su causa o u precio. Uno no se salva por sus buenas obras, aunque no se salvará sin sus buenas obras. Es una revolución de la cual, a distancia de dos mil años, aún nos cuesta tomar conciencia. Las polémicas teológicas sobre la justificación mediante la fe de la Reforma en adelante lo han obstaculizado a menudo más que favorecido, al mantener el problema a nivel teórico, de tesis de escuelas contrapuestas, en lugar de ayudar a los creyentes a hacer experiencia de ello en sus vidas.

3. "Convertíos y creed en el evangelio"

Pero debemos plantearnos una pregunta crucial: ¿quién es el inventor de este mensaje? Si hubiera sido el apóstol Pablo, entonces tendrían razón quienes decían que él, y no Jesús, es el fundador del cristianismo. Pero el inventor no es él; él no hace otra cosa que expresar en términos elaborados y universales un mensaje que Jesús expresaba con su típico lenguaje, hecho de imágenes y de parábolas.

Jesús comenzó su predicación diciendo: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). Con estas palabras enseñaba ya la justificación por la fe. Antes de él, convertirse significaba siempre "volver atrás" (como indica el mismo término hebreo shub); significaba volver a la alianza violada, mediante una observancia renovada de la ley. "Convertíos a mí [...], volved de vuestro camino perverso", decía Dios en los profetas (Zc 1, 3-4; Jr 8, 4-5).

Convertirse, por tanto, tiene un significado principalmente ascético, moral y penitencial, y se realiza cambiando de conducta de vida. La conversión se ve como condición para la salvación; el sentido es: convertíos y seréis salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros. Este es el significado predominante que la palabra conversión tiene en los mismos labios de Juan el Bautista (cf. Lc 3, 4-6). Pero en la boca de Jesús, este significado moral pasa a segundo plano (al menos al principio de su predicación), respecto a un significado nuevo, hasta entonces desconocido.

También en ello se manifiesta el salto de época que se verifica entre la predicación de Juan el Bautista y al de Jesús.

Convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino dar un salto adelante, entrar en la nueva alianza, aferrar este Reino que ha aparecido, entrar en él a través de la fe. "Convertíos y creed" no significa dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción: convertíos, es decir, creed; ¡convertíos creyendo! "Prima conversio fit per fidem", dirá santo Tomás de Aquino, la primera conversión consiste en creer.

Dios ha tomado en él la iniciativa de la salvación: ha hecho venir su Reino; el hombre debe sólo acoger, en la fe, la oferta de Dios y vivir, a continuación, sus exigencias. Es como un rey que abre la puerta de su palacio, donde hay preparado un gran banquete y, estando en el umb ral, uinvita a todos a entrar diciendo: "¡Venid, todo está preparado!". Es el aspecto que resuena en todas las llamadas parábolas del Reino: la hora tan esperada ha llegado, tomad la decisión que salva, ¡no dejéis escapar la ocasión!

El Apóstol dice lo mismo con la doctrina de la justificación por la fe. La única diferencia se debe a lo que ha sucedido, en ese tiempo, entre la predicación de Jesús y la de Pablo: Cristo fue rechazado y muerto por los pecados de los hombres. La fe "en el Evangelio" ("creed en el Evangelio"), ahora se configura como fe "en Jesucristo", "en su sangre" (Rm 3, 25).

Lo que el Apóstol expresa mediante el adverbio "gratuitamente"(dorean) o "por gracia", Jesús lo decía con imágenes del recibir el reino como un niño, es decir como un don, sin hacer méritos, apoyándose solo en el amor de Dios, como los niños se apoyan en el amor de sus padres.

Se discute desde hace tiempo entre los exegetas si se debe seguir hablando de la conversión de san Pablo; algunos prefieren hablar de "llamada" más que de conversión. Hay quien quisiera que se aboliera incluso la fiesta de la conversión de san Pablo, desde el momento en que conversión indica un alejamiento y un renegar de algo, mientras que un hebreo que se convierte, a diferencia del pagano, no debe renegar de nada, no debe de pasar de los ídolos al culto del Dios verdadero.

A mí me parece que estamos ante un falso problema. En primer lugar no hay oposición entre conversión y llamada: la llamada supone la conversión, no la sustituye, como la gracia no sustituye a la libertad. Pero sobre todo hemos visto que la conversión evangélica o significa renegar de algo, un volver atrás, sino un acoger algo nuevo, dar un salto adelante. ¿A quién hablaba Jesús cuando decía "Convertíos y creed en el Evangelio?" ¿Acaso no hablaba a los hebreos? A esta misma conversión se refiere el Apóstol con las palabras: "Cuando se dé la conversión al Señor, ese velo será quitado" (2Cor 3,16).

La conversión de Pablo se nos presenta, en esta luz, como el modelo mismo de la verdadera conversión cristiana, que consiste ante todo en aceptar a Cristo, en "volverse" a él mediante la fe. Ésta supone un encontrar antes que un dejar. Jesús no dice: un hombre vendió todo lo que tenía y se puso a buscar un tesoro escondido; dice: un hombre encontró un tesoro y por eso lo vendió todo.

4. Una experiencia vivida

En el documento de acuerdo entre la Iglesia católica y la Federación mundial de las Iglesias luteranas, presentado solemnemente en la Basílica de san Pedro por Juan Pablo II y el arzobispo de Uppsala en 1999, hay una recomendación final que me parece de una importancia vital. Dice sustancialmente esto: ha llegado el momento de hacer de esta gran verdad una experiencia vivida por los creyentes, y no más un objeto de disputas teológicas entre sabios, como ha sucedido en el pasado.

La celebración del año paulino nos ofrece una ocasión propicia para hacer esta experiencia. Ella puede dar un espaldarazo a nuestra vida espiritual, un descanso y una libertad nuevas. Charles Péguy contaba, en tercera persona, la historia del mayor acto de fe de su vida. Un hombre, dice (y se sabe que este hombre era él mismo) tenía tres hijos y un mal día cayeron enfermos, los tres juntos. Entonces había hecho un acto de audacia. Al pensar en ello se admiraba también un poco y hay que decir que había sido verdaderamente un acto arriesgado. Como se cogen tres niños del suelo y se ponen juntos, casi jugando, en los brazos de su madre o de su niñera que se ríe y grita, diciendo que son demasiados y no tendrá fuerzas para llevarlos, así él, audaz como un hombre, había cogido -se entiende, con la oración- a sus tres niños enfermos y tranquilamente los había puesto en los brazos de Aquella que lleva todos los dolores del mundo: "Mira -decía- te los doy, me giro y me voy para que no me los devuelvas. Ya no los quiero, fíjate bien. Debes encargarte tú de ellos". (Sin metáforas, había ido de peregrinación a pie desde París a Chartres para confiar a la Virgen a sus tres niños enfermos). Desde aquel día todo fue bien, porque era la Santa Virgen la que se ocupaba de ellos. Es curioso que no todos los cristianos hagan esto. Es muy simple, pero nunca se piensa en lo simple.

La historia nos sirve en este momento para ilustrar la idea de un acto de audacia, porque se trata de algo parecido. La clave de todo, se decía, es la fe. Pero hay diversos tipos de fe: está la fe-asentimiento del intelecto, la fe-confianza, la fe-estabilidad, como la llama Isaías (7, 9): ¿de qué fe se trata, cuando se habla de la justificación "mediante la fe"? Se trata de una fe totalmente esecial: la fe-apropiación.

Escuchemos, sobre este punto, a san Bernardo: "Yo -dice. Lo que no puedo obtener por mí mismo, me lo apropio (¡usurpo!) con confianza del costado atravesado del Señor, porque está lleno de misericordia. Mi mérito, por eso, es la misericordia de Dios. No me faltan méritos, mientras él sea rico en misericordia. Que si las misericordias del Señor son muchas (Sal 119, 156), yo también abundaré en méritos. ¿Y que decir de mi justicia? Oh, Señor, recordaré solamente tu justicia. De hecho ella es también mía, porque tú eres para mí justicia de parte de Dios". Está escrito también que "Cristo Jesús... se ha convertido para nosotros en sabiduría, justicia, santificación y redención (l Cor l, 30). ¡Para nosotros, no para sí mismo!

San Cirilo de Jerusalén expresaba, con otras palabras, la misma idea del acto de audacia de la fe: "¡Oh bondad extraordinaria de Dios hacia los hombres! Los justos del Antiguo Testamento agradaron a Dios en las fatigas de largos años; pero lo que ellos llegaron a obtener, tras un largo y heroico servicio agradable a Dios, Jesús te lo da en el breve espacio de una hora. De hecho, su tu crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás y serás introducido en el paraíso por el mismo que introdujo al buen ladrón".

Imagina, escribe el Cabasilas desarrollando una imagen de san Juan Crisóstomo, que haya tenido lugar en el estadio una lucha épica. Un valiente ha afrontado a un cruel tirano y, con gran fatiga y sufrimiento, lo ha vencido. Tu no has combatido, no te has agotado ni sufrido heridas. Pero si admiras al valiente, si te alegras con él en su victoria, si le tejes coronas, provocas y agitas por él a la asamblea, si te inclinas con alegría ante el triunfador, le besas la cabeza y le das la mano, en resumen, si tanto lo aclamas que consideras tuya su victoria, yo te digo que tendrás ciertamente parte en el premio del vencedor.

Pero hay más: supón que el vencedor no tenga necesidad alguna para sí mismo de premio que ha conquistado, sino que desea, más que ninguna cosa, ver honrado a su autor, y considera como premio de su combate la coronación del amigo, en tal caso, ¿ese hombre no obtendrá la corona, aunque no se haya agotado ni haya sido herido? ¡Ciertamente la obtendrá! Y bien, así sucede entre Cristo y nosotros. Aún no habiendo trabajado y luchado -aun no teniendo mérito alguno-, con todo, por medio de la fe nosotros aclamamos a la lucha de Cristo, admiramos su victoria, honramos su trofeo que es la cruz, y mostramos por el valiente un amor vehemente e inefable; hacemos nuestras sus heridas y su muerte. Y así se obtiene la salvación.

La liturgia de Navidad nos hablará del "santo intercambio", del sacrum commercium entre nosotros y Dios realizado en Cristo. La ley de todo intercambio se expresa en la fórmula: lo que es mío es tuyo y lo que es tuyo es mío. De ahí deriva que lo que es mío, es decir el pecado, la debilidad, pasa a ser de Cristo; y lo que es de Cristo, es decir la santidad, pasa a ser mío. Ya que nosotros pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos (cf.1 Cor 6, 19-20), se sigue, escribe el Cabasilas, que a la inversa, la santidad de Cristo nos pertenece más que nuestra propia santidad. Y esto es remontar en la vida espiritual. Su descubrimiento no se hace, habitualmente, al principio, sino al final del propio itinerario espiritual, cuando se han experimentado los demás caminos y se ha visto que no llevan muy lejos.

En la Iglesia católica tenemos un medio privilegiado para tener experiencia concreta y cotidiana de este sagrado intercambio y de la justificación por la gracia, mediante la fe;: los sacramentos. Cada vez que yo me acerco al sacramento de la reconciliación tengo experiencia de ser justificado por gracia, ex opere operato, como decimos en teología. Subo al templo, digo a Dios: "Oh Dios, ten piedad de mí que soy un pecador" y, como el publicano, vuelvo a casa "justificado" (Lc 18,14), perdonado, con el alma resplandeciente, como en el momento en que salí de la fuente bautismal.

Que san Pablo, en este año dedicado a él, nos obtenga la gracia de hacer como es este acto de audacia de la fe.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

miércoles, 19 de noviembre de 2008

¿Enseña la Biblia la doctrina de la Trinidad?

. Las referencias trinitarias en el NT Por todo lo que hemos visto en las páginas precedentes no debería resultarnos chocante que el Nuevo Testamento una de manera repetida al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Tal conducta sería ilógica de no creer sus autores en la Trinidad, porque, ¿cuál sería la razón para justificar la presentación conjunta del Dios omnipotente, un mini-dios y una fuerza sin personalidad? No vamos a tratar este tema de manera exhaustiva, pero sí podemos ver algunos ejemplos antes de concluir este capítulo:
Los primeros cristianos utilizaban fórmulas trinitarias. "La bondad inmerecida del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la participación en el Espíritu Santo estén con todos ustedes" (2Cor 13,13) (en la VNM aparece numerado por razones desconocidas como versículo 14).
"Pero ustedes han sido lavados, pero ustedes han sido santificados, pero ustedes han sido declarados justos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y con el espíritu de nuestro Dios" (1Cor 6,11) (VNM).
"Un cuerpo hay y un espíritu, así como ustedes fueron llamados en una sola esperanza a la cual fueron llamados; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que es sobre todos y por todos y en todos" (Ef 4,4-6) (VNM).
Aquellos primeros cristianos no se sentían avergonzados de concluir sus cartas, como la Segunda a los Corintios, con una triple invocación en la que se unían el Padre, el Hijo y el Espíritu; tampoco les avergonzaba recordar que toda la labor de salvación en su vida era fruto del Padre, del Hijo y del Espíritu, y sentían un especial orgullo al poder decir que en su vida estaba presente un solo Señor, un solo Espíritu y un solo Padre. Ésa era su experiencia vital y su fe, y jamás se les hubiera podido pasar por la cabeza que el Espíritu que movía a la Iglesia era una simple fuerza activa sin personalidad, y que el Hijo no era sino un dios, un arcángel encarnado.
Los primeros cristianos creían que los carismas entregados a la Iglesia procedían de la Trinidad. No era sólo el testimonio de los apóstoles lo que movía a los primeros cristianos a confirmarse en aquella fe trinitaria, sino también la propia experiencia cotidiana de vida eclesial. Existía en ellos la absoluta convicción de que su vida de fe edificada por los carismas divinos era alimentada por las tres personas de la Trinidad: "Ahora bien, hay variedades de dones, pero hay el mismo Espíritu, y hay variedades de ministerios, y sin embargo hay el mismo Señor, y hay variedades de operaciones, y sin embargo es el mismo Dios quien ejecuta todas las operaciones en todos" (1Cor 12,4-6).
El bautismo en el nombre de la Trinidad. A fin de cuentas, todo lo que hemos visto con anterioridad no tenía nada de extraño para los primeros cristianos. En la enseñanza de los apóstoles se había transmitido la orden dada por el propio Jesús en el sentido de que el sacramento de entrada en la comunión de los creyentes, el bautismo, se celebrara en el nombre común del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: "Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo" (Mt 28,19) (VNM).
Fíjese bien el lector que Jesús no atribuyó nombres distintos a cada una de las tres personas de la Trinidad, sino que enseñó la existencia de un nombre común a los tres. Pero ¿es siquiera verosímil que Dios iba a tener un nombre común con un arcángel y una fuerza que ni siquiera tiene personalidad? Resulta patente que no; como también le resultará seguramente claro al lector, tras la lectura de las evidencias bíblicas indicadas en las páginas anteriores, que la Biblia sí enseña la doctrina de la Trinidad.
3. Conclusión
Al autor de estas líneas, y no dice esto con petulancia, le parece que el concepto de la divinidad que aparece en el Nuevo Testamento es con mucho el más grandioso que podría captar la atención del ser humano. Frente a la grosería de los politeísmos o la frialdad del panteísmo, surge la grandeza moral del monoteísmo. Pero no se trata de un monoteísmo como el islámico (y, en buena medida, el del judaísmo), en el que Dios es un ser lejano e inaccesible a nosotros. El Nuevo Testamento enseña que ese Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, que creció como un ser humano, que conoce hasta la fibra más íntima de nuestro ser y que, por ello, hace posible que nos acerquemos a él con toda confianza (Heb 2,17-18; 4,15-16). Este mismo Dios, lleno de amor y compasión, no retrocedió ante nada en favor nuestro, hasta el punto de verse injustamente juzgado, escarnecido, escupido, torturado, condenado y, finalmente, muerto en uno de los suplicios más terribles que ha ideado el ser humano: la cruz.
Pero la muerte no podía contener al autor de la vida (He 3,15) y, vuelto de entre los muertos, provocó entre sus discípulos una convicción más firme aún de que era su Señor y su Dios (Jn 20,28).
Aquello no era el final, sino casi el principio. El Espíritu Santo enviado por el Padre ha guiado desde entonces a la Iglesia redimida por la sangre del Hijo. La ha impulsado, le ha dado dones y carismas, ha intercedido por ella. La misma vida eclesial sería inconcebible sin su presencia continua.
Frente a estas realidades gloriosas, las sectas ofrecen un panorama que, en realidad, arranca de concepciones paganas: Jesús fue sólo un hombre o, como mucho, un arcángel, un dios. Su obra fue de mucho menos valor del que señalan las Escrituras, e incluso necesita ser enmendada por las revelaciones de los profetas o mesías de turno.
El Espíritu Santo es una mera fuerza, como la electricidad. Un impulso desprovisto de razón o personalidad que, en la mayoría de las teologías de las sectas, ya no actúa en medio del pueblo de Dios.
Puede que a alguien le resulte consoladora una visión tan patética, tan capitidisminuida, tan tergiversada del Dios de la Biblia. Al que escribe estas líneas, sin embargo, le atrae más la gloriosa realidad que sólo hemos podido ver a vuelo de pájaro en las páginas anteriores. Le convence más el Dios de amor encarnado que el arcángel enviado en sustitución de Dios a salvarnos. Le conmueve más el Dios-Espíritu Santo que intercede por él con gemidos indecibles (Rom 8,26-27) que esa fuerza activa impersonal que, a semejanza de la electricidad, ni siente ni padece y se mueve ciega y sin saber adónde la llevan. A ese Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sea la gloria por los siglos de los siglos.